La actuación y la escritura son sus dos pasiones. Integró el elenco de las óperas de origen italiano “Paggliacci” y “Cavalleria Rusticana”. Tuvo como maestros al actor de la comedia nacional Jaime Yavitz (en un curso que el artista dictó en la Comunidad Israelita del Uruguay) y a Alberto Candeau (el recordado portavoz de la proclama pro democrática leída al pie del obelisco montevideano en noviembre de 1983).De 53 años de edad, Silvia Bechler, retomó contacto con la comunidad judía en 2011 cuando se incorporó al grupo de danzas israelíes “Jadashot” (“Las nuevas”) de la Nueva Congregación Israelita del Uruguay (NCI). “He vuelto —les dice a sus compañeras— y tengo la sensación de que ahora es para siempre…hasta el final”.- Qué le gusta más, ¿escribir o actuar?- Hace cuatro años expresé en público que me gustaba más actuar. Sin embargo, en estos últimos años escribir se ha vuelto una necesidad imperiosa. En 2010 decidí seleccionar los que consideré mis mejores cuentos escritos entre 2004 y ese año para publicar mi primer libro. A partir de “La tempestad del instante” —así titulé mi obra— puedo decir que la escritura se ha transformado en algo vital. Quizá, porque dejó de estar oculta en mi computadora; dejó de ser silenciosa, “insociable” y de tener una única dueña. Dar a luz una obra, y que los lectores expresen que los moviliza y conmueve, es un sentimiento intransferible. Hoy afirmo que las dos artes están en mi espíritu, me enriquecen, y me hacen inmensamente feliz. El teatro, como forma de creación en equipo porque no existimos sin el interlocutor y crecemos junto con él. Es un camino a recorrer acompañada para dar a conocer la visión del mundo que tienen otros. La escritura, un largo camino solitario que puede desembocar en dar a conocer mi propia visión del mundo dentro del terreno de la imaginación. Ambas muy íntimamente ligadas por la misma materia prima: la palabra.- ¿Cuándo nació su pasión tanto por la escritura como por la actuación?- La pasión por la actuación nace a mis 17 años de edad cuando por primera vez asisto a ver una obra de la Comedia Nacional. La pasión por escribir me encuentra ya a los 45 años de edad. Dos épocas bien diferentes. Pude desarrollar ambas simultáneamente sólo durante cuatro años. Como un ciclo que va terminado y otro que comienza. Mi presente es escribir y mi deseo para el futuro es reencontrarme con el teatro y continuar escribiendo. Supe que quería estar en un escenario cuando fui a ver la obra “Un agujero en la pared”, de Jacobo Langsner. Nunca pude olvidar a Maruja Santullo en su personaje. Salí del teatro embelesada y le dije a mi madre: “Quiero emocionar desde el escenario, quiero ser actriz”. Escribir me gustó siempre, desde la escuela. Amaba las redacciones, buscaba gente de mi edad en el exterior para mantener correspondencia y durante años intercambié largas cartas con adolescentes que no conocía simplemente por el placer de escribir y contar mi historia. Ese placer luego hizo “una siesta” durante décadas, hasta el 2004 en que decido integrarme a un taller literario coordinado por la dramaturga Ana Magnabosco. “No tengo experiencia, nunca escribí cuentos pero quiero ver si puedo. Voy a probar por un mes”, dije cuando me presenté frente a compañeros que tenían larga data en la escritura. Me quedé cinco años y no paré. Luego incursioné en el taller literario del profesor Lauro Marauda, y en la actualidad asisto al de la escritora Mercedes Rosende y al del escritor Mario Delgado Aparaín, por considerar que los talleres son un marco maravilloso de intercambio para la producción literaria. Estoy sumamente agradecida a mis cuatro maestros tan diferentes y complementarios, porque por suerte nunca terminamos de aprender.- ¿De qué trata su último libro?- Mi último libro es mi primer novela corta. Aun no puedo revelar el título porque en este momento está concursando en forma anónima. Se trata de la emigración de mis abuelos desde Polonia a Buenos Aries en la década del ´20 (del siglo pasado). La historia de tantos inmigrantes que venían a América escapados del hambre y la pobreza. El relato llega hasta (el campo de la muerte) Auschwitz y termina en 1986. Una pequeña colección de estampas de las costumbres judías en los pueblitos de Polonia. La “pintura” de esas costumbres es lo único verídico. Luego desemboca en una dura y terrible historia que habla de la inferioridad del sexo femenino, de la violencia y degradación hacia la mujer por parte del “sexo fuerte” y de amores desencontrados en un marco y tiempo histórico real pero totalmente ficcionado (el 95 % de la obra es una ficción).- ¿Cuál es la obra de teatro que más recuerda? ¿Por qué?- La obra que más recuerdo y que ha dejado en mí una huella profunda es “El tapadito”, de la autora argentina Patricia Suárez, que tuve el privilegio de protagonizar en 2006 en la sala de Agadu con la dirección de Fernando Rodríguez Compare. La mayoría de las obras en que participé fueron con muchos actores o las multitudinarias zarzuelas en las cuales entraba a una escena, salía un rato y volvía a entrar. Pero ésta significó el desafío de un “mano a mano”, un “ping-pong” de diálogos entre dos actrices que permanecíamos en el escenario sin respiro, desde el principio al fin de la obra. Y mucho más, por el tema y profundidad del texto. Dos mujeres alemanas: una, judía; la otra, la esposa de un nazi. La acción se desarrolla en la localidad de San Fernando, Argentina, en el año 1954. La modista judía guarda el secreto —hasta el final de la obra— de haber estado en un campo de concentración dónde le mataron a su hijo por orden del marido de su clienta. Prepara entonces su venganza adornada por el plan de ayudar a su clienta —que no tiene sus documentos en regla— a escapar a Alemania de su marido violento y golpeador. Mientras le confecciona el tapadito para su retorno al invierno alemán se desarrolla toda la intriga.Me fue asignado por el director el papel de Vera, la esposa del nazi. Una mujer que sabía los horrores y torturas que hacía su marido en los campos de concentración y que guardaba silencio. ¡Qué tremendo es callar!. Representar este papel y ponerme en la piel de una cómplice del nazismo fue un duro desafío. Por más que sea una obra de teatro, no es fácil emitir con naturalidad parlamentos que afirmen que lo que les pasó a los judíos estuvo bien que les sucediera. Para que salga natural hay que sentirlo, vivenciar el personaje, vivir su historia pasada y actual. Ponerse en su piel, sentir odio. Después de un largo proceso de ensayos me di cuenta que no podía juzgar a Vera. Si la juzgaba, si la censuraba, me quedaba congelada y no la podía representar. Debía despegarme de todo sentimiento que iba contra mi propia esencia de judía. Por eso, fue la obra que más me marcó y que más recuerdo. – ¿Qué significó para usted haber sido alumna de Alberto Candeau? ¿Y de Jaime Yavitz?- Fueron dos grandes maestros de mi iniciación en el arte de actuar. A Yavitz lo conocí en el taller de teatro de la Kehilá y a él le debo el impulso que me transmitió para entrar a la Escuela Municipal de Arte Dramático (Emad) que era mi sueño y mi meta más ansiada.El vio en mi condiciones para dar el examen de ingreso. Tuve el privilegio de asistir a la mejor y más completa formación teatral de este país. En el primer año de la Emad, mis profesores de arte dramático fueron Alberto Candeau y Sergio Otermin. Lamentablemente Candeau fue mi maestro sólo por un año. Luego, se retiró definitivamente de la docencia. Suficiente para transmitirme técnicas de la actuación, manejo de la voz y del cuerpo que serían fundamentales para los papeles que me tocarían representar en el futuro. En el primer año de aprendizaje formal fue un privilegio y un deleite aprender de su experiencia y talento inigualables.Pero no quiero dejar de mencionar a Otermin porque con él hice toda la escuela y una vez egresada me invitó, junto con otros compañeros de mi generación, a trabajar profesionalmente en “Cabaret”, “La verbena de la Paloma”, “Paggliacci” y “Cavalleria Rusticana”, títulos de éxito que también representamos en el interior. Continué con él hasta que murió y fue entonces cuando quedamos sin mentor y decidimos continuar solos y formar nuestro grupo de teatro independiente que llamamos “Ludens”, que funcionó durante 15 años. A Yavitz, a Candeau y a Otermin les debo los años más felices de mi vida. Tomar la semilla que los maestros generosamente nos regalan es un prodigio que hay que valorar.Pero también está la vocación, la tenacidad y el deseo incesante de continuar el camino que aprendimos de ellos, y transformar cada momento artístico en una experiencia nueva y completamente propia.- ¿Cómo fue la experiencia de integrar el elenco que representó las óperas “Paggliacci” y “Cavalleria Rusticana”?- Enriquecedora, un aprendizaje formidable. Trabajar con cantantes líricos en un elenco enorme y nada menos que en el teatro Solís, a sala llena, cuando apenas había egresado de la Emad, fue una oportunidad que pocos actores tienen. Como mencioné antes, la Dirección fue de Otermin y la producción del cantante José Luis Pomi. Esta experiencia fue además el puntapié inicial para relacionarme con el mundo de la lírica, y una alegría que más adelante me llamaran del Sodre para integrar otras zarzuelas. Lo maravilloso cuando tenés una producción del nivel del Sodre, con todos los rubros técnicos solucionados, cuando no tenés que preocuparte por la producción, la propaganda, si se venderán suficientes entradas para solventar el alquiler de la sala, es que podés dedicar todo tu ser al armado del personaje. Todas las energías están puestas solamente en la creación y eso es grande para cualquier actor. Las preocupaciones y penurias de los grupos independientes por sostener un espectáculo no existen. Sólo existe el arte en su manifestación más pura.- ¿Qué sintió como judía al haber actuado en Hebraica y Macabi? – Para responder creo fundamental situar mi pasaje por Hebraica y Macabi cuando tenía 19 años. Fui a Hebraica sólo con el fin de hacer deporte, quizá de encontrar a la vez un marco institucional y social en el cual sentirme identificada y cómoda. Solamente conseguí sentirlo cuando me integré al taller de actuación. En esa época quería dedicarme a estudiar teatro como forma de vida en mi futuro profesional. Mis padres, a quienes siempre escuché, me “aconsejaban” insistentemente que mejor entrara a facultad para hacer una carrera, que del teatro no iba a vivir. Casualmente o no, porque nada es casualidad, fue en Hebraica donde un día leí un cartel que decía: “Sea un Woody Allen, haga teatro aquí”. ¿Quién me lo iba a impedir? ¿Mis padres se opondrían a que haga teatro en Hebraica? Sabía que no.Así que me anoté y ese taller duró dos años. Fue mi primera experiencia; hicimos dos obras en un marco judío en el que me sentí muy bien representando a una institución que daba continuidad en el Uruguay a nuestras costumbres y valores. Cuando el taller dejó de funcionar también dejé de ir a hacer deporte, porque mi lazo de unión era ese grupo de personas con el cual compartíamos el placer de crear, más que de pertenecer a una institución o de mantener las tradiciones y costumbres, ya que nunca me sentí cercana ni integrada a las instituciones. – ¿Cuál es su relación con el judaísmo?- Ha sido muy débil, casi nula. Provengo de un hogar en el que mis padres no me educaron dentro de un marco que propiciara cultivar las costumbres y mantener las tradiciones. Mientras mis abuelos vivieron hubo un acercamiento al judaísmo pero cuando ya no estuvieron se perdió la costumbre de celebrar las festividades, elaborar las comidas típicas y sostener las tradiciones. Igualmente, hasta mis 16 años asistí a algunas tnuot, pero debo confesar que nunca me sentí cómoda y lo atribuyo mayormente a mi gran timidez que me hacía ser hermética. Época difícil porque los otros, también adolescentes, no son conscientes de lo ardua que es esa integración cuando no somos extrovertidos ni podemos exteriorizar las emociones y nos marginan. Esta época de malestar marcó un hito fundamental: mi decisión de alejarme definitivamente de cualquier institución, marco y amistades de la colectividad. Y así lo hice. Seguí otro camino por más de 30 años en los cuales el tema de las raíces y el saber de dónde vengo estuvo dormido. Y “desperté” el año pasado (2011). Sin duda es un tema de edad y madurez que va “trabajando” interior y silenciosamente hasta que un día surge la necesidad de saber más de nuestros antepasados. Quienes fueron, cómo vivieron, qué pasó con sus vidas en Polonia.Empecé a preguntar. Mi madre no sabía nada de sus abuelos. Acudí, por correo electrónico, a la esposa de un primo lejano en Estados Unidos para obtener información. Ella empezó a interesarse. Nos conectamos con un experto en Israel para hacer el árbol genealógico de la familia Bechler. En el término de un mes ya teníamos 70 antepasados en el árbol y el nombre del pueblito donde había nacido mi abuelo paterno y mi abuela materna que eran hermanos. Pocos días después, saqué un pasaje y me fui a Polonia a buscar ese pueblo perdido que no aparecía en ningún mapa: Zdunska Wola.Y lo recorrí, sentí el aire que un día mis abuelos respiraron y me imaginé muchas historias. Volví a apreciar el sabor del borsch, de los blinzes de queso, sabores y olores que no sentía desde mi niñez en casa de mis abuelos. Visité Auschiwitz. Regresé pensando que todo había terminado allí.Tres meses después decido integrarme al taller literario que coordina el escritor Mario Delgado Aparaín. En la primera clase nos habla de la importancia de conocer nuestras historias familiares, también como fuente de nuestra propia creación, y como consigna nos solicita que cada uno escriba su historia familiar. ¿Era casualidad en mi vida esa consigna y haber elegido ir a ese taller entre muchos otros? Lo primero que nos nace es sentir que no tenemos nada para contar, que no queremos hacerlo pero… justo había ido hasta Polonia para saber más de mis raíces. De esa experiencia surgió mi relato de 22 páginas que consideré terminado y lo presenté en el taller. Atónita quedé cuando Delgado Aparaín dijo: “esta historia no está terminada, es la semilla de una novela”. “Sólo escribo relatos cortos, no podré escribir una novela”, respondí. Ocho meses después mi novela estaba terminada y es la que envié a un concurso literario. También el año pasado recibí una insistente invitación a integrarme a un grupo de rikudim para principiantes. Después de muchos meses de pensarlo accedí a que me presentaran en Jadashot de la NCI. Una alegría inmensa fue encontrarme con algunas “chicas” de aquellas tnuot a las que yo había ido en la temprana adolescencia. Fue entrar en el túnel del tiempo para trasladarme al pasado pero ahora con experiencia de vida, sin temores, ni timidez. El tiempo sin duda, había hecho su obra. Fui muy bien recibida. Estoy feliz de pertenecer a este grupo maravilloso de mujeres muy apegadas al judaísmo y compartir con ellas la música y danza israelíes, las festividades y el sentimiento que estuvo adormecido durante algunas décadas. “He vuelto”, les digo, y tengo la sensación de que “ahora es para siempre…hasta el final”.Entrevista realizada por el Lic. Martín Kalenberg
Escritora y actriz Silvia Bechler: “Dar a luz una obra y que los lectores expresen que los moviliza y conmueve es un sentimiento intransferible”
22/Jun/2012